En Mexicali, en la frontera con Estados Unidos, un grupo de deportados y activistas en defensa de los derechos de los migrantes se han apoderado de un viejo hotel abandonado, llamado Hotel Centenario y lo han renombrado Hotel Migrante
Con frecuencia, la patrulla fronteriza vacía los autobuses de deportados en medio de la noche, en la entrada de ciudades fronterizas como Mexicali, haciendo bajar a las personas a una hora en que nada está abierto y no hay negocios disponibles donde adquirir alimento o cobijo. La mayoría de los deportados son gente joven. No tenían en dinero en los bolsillos al llegar a los Estados Unidos y menos lo tienen al ser deportados de regreso a México.
Son gente invisible. En medio de la histeria anti-inmigrantes que se ha apoderado de los Estados Unidos, nadie se pregunta qué pasa con los deportados una vez que han sido enviados de vuelta a México.
En Mexicali, un grupo de deportados y activistas en defensa de los derechos de los migrantes se han apoderado de un viejo hotel abandonado, llamado Hotel Centenario y lo han renombrado Hotel Migrante. Se encuentra sólo a una cuadra del cruce de la frontera y ofrece a las personas que son deportadas de los Estados Unidos un lugar para dormir y comida durante algunos días antes de que vuelvan a casa o traten de cruzar nuevamente la frontera. El gobierno no proporciona a este hotel ninguna ayuda. Los Ángeles de la Frontera y grupos de derechos humanos con sede en los Estados Unidos suministran el poco apoyo que el hotel recibe. Una cooperativa de cocineros deportados prepara los alimentos y hace reparaciones al edificio.
Hotel Migrante, Ex-Hotel Centenario · Fotografía David Bacon“Muchas personas se lesionan tratando de caminar por las montañas que rodean Mexicali”, dice Benjamín Campista, un miembro de la cooperativa. “En esta época hace ahí muchísimo frío, y cuando son atrapados y deportados, muchos de ellos sólo llevan puestas camisetas y tenis. Algunos se enferman. A ellos los llevamos al hospital. Se quedan aquí a recuperarse hasta que sus familias pueden enviarles dinero para que vuelvan a sus lugares de origen o hasta que deciden volver a intentar cruzar”.
Los Ángeles de la Frontera y el colectivo del hotel acordaron pagar al dueño del lugar 11 mil pesos al mes (alrededor de 900 dólares), pero ya se han atrasado seis meses con el pago de la renta.
Cada día, los residentes del hotel se acercan a las largas filas de personas que esperan cruzar por la garita (el cruce fronterizo legal) y piden apoyo monetario para el hotel. Cada persona puede quedarse con la mitad del dinero que recibe. El resto es destinado casi en su mayoría a la compra de alimentos para la cena. Los deportados tienen tiempo suficiente para explicar su situación a las personas que esperan en la línea, pues actualmente el tiempo de espera aproximado para poder cruzar por la garita es de dos horas.
Cada día Campista escucha a los deportados contar sus historias. “Tres hermanos se hospedaron allí el verano pasado, antes de intentar cruzar. Un mes después, uno de ellos volvió. Lo ví llorando en la azotea, mientras miraba hacia las montañas donde los otros dos habían muerto de calor. Una mujer llegó aquí con su bebé de dos meses de edad. Su esposo también había muerto en el desierto”.
“¡Somos seres humanos!”, exclama Campista. “Tan sólo vamos al norte para tratar de trabajar. ¿Por eso estamos condenados a morir? Nuestros gobiernos deberían detener todas estas violaciones a los derechos humanos. Entonces, la existencia de nuestro hotel no sería siquiera necesaria.



2 comentarios:
Lo siento, Pablo, no se admite publicidad. Por eso se eliminó comentario
Un saludo
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