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| El ex presidente paraguayo, Fernando Lugo, durante una conferencia de prensa que ofreció ayer en la ciudad de AsunciónFoto Ap |
Marcos Roitman Rosenmann
La Jornada 30/06/2012
Bien decía Engels que la ideología no se esconde en la respuesta, sino en la manera de formular las preguntas. En este caso, al aceptar la interrogante, ¿existen golpes de Estado constitucionales? Asumimos que la técnica del golpe de Estado tiene doble cara. Consideramos ilegítimo el uso de la violencia descarnada y la fuerza bruta cuando se trata de acabar con un gobierno constitucional, y por otra parte un golpe de Estado de guante blanco lo catalogamos de extraordinario si no se acompaña del uso de la fuerza y la represión directa. Pero ambos son golpes de Estado constitucionales. Me explico.
La Jornada 30/06/2012
Bien decía Engels que la ideología no se esconde en la respuesta, sino en la manera de formular las preguntas. En este caso, al aceptar la interrogante, ¿existen golpes de Estado constitucionales? Asumimos que la técnica del golpe de Estado tiene doble cara. Consideramos ilegítimo el uso de la violencia descarnada y la fuerza bruta cuando se trata de acabar con un gobierno constitucional, y por otra parte un golpe de Estado de guante blanco lo catalogamos de extraordinario si no se acompaña del uso de la fuerza y la represión directa. Pero ambos son golpes de Estado constitucionales. Me explico.
El imaginario de un golpe de Estado,
al menos en su forma recurrente, trae a la mano escenas en la cuales se
ven militares ocupando centros neurálgicos, instaurando el toque de
queda, suprimiendo libertades, ilegalizando partidos políticos,
clausurando parlamentos, violando derechos humanos, asaltando palacios
de gobierno y cometiendo asesinatos políticos impunemente. A este cuadro
le suele acompañar un discurso apocalíptico. Se aduce un caos
generalizado, la pérdida de los valores nacionales, ambición de poder,
oscuros intereses de potencias malignas y planes maléficos para
instaurar regímenes marxista-leninistas, socialistas o comunistas. Por
consiguiente, los golpes de Estado poseen función terapéutica: eliminar
el cáncer de los extremismos, restablecer la paz social y
recuperar la estabilidad política. Las fuerzas armadas estarían llamadas
a cumplir un deber patriótico, encarnando el lado bueno de la fuerza
ante una sociedad política corrupta y decadente.
¿Qué otro motivo
habría para tomar de manera ilegítima el poder si no se hace esgrimiendo
la ilegitimidad del gobierno legal? Esta ha sido la receta utilizada
para salvar los escollos legales y presentar a las instituciones armadas
como salvadoras de la patria, amenazada por conspiraciones
judeo-masónicas y comunistas. Por eso los golpes de Estado están
inmersos en un debate ideológico-político. Cuentan con el apoyo de redes
civiles, donde se reconocen los grandes poderes fácticos, el capital
trasnacional y las multinacionales, las oligarquías terratenientes, las
burguesías gerenciales y sus partidos políticos.
Los militares,
salvo excepciones, no actúan por su cuenta. Son la mano ejecutora de
fuerzas políticas compactas y reaccionarias que manejan, controlan y
establecen los planes de la conspiración. Al tener el monopolio legítimo
del uso de la violencia y el armamento necesario, son el sujeto
perfecto para cumplir la misión, lo cual crea un espejismo: sólo ellos
están en condiciones de llevarlo a buen fin, lo cual no es verdad. Hay
casos en los que la maniobra sale mal y se producen rupturas entre las
fuerzas golpistas o bien no se logra el consenso necesario para avalar
el alzamiento. El golpe de Estado contra la II República española se
transformó en guerra civil al defender las fuerzas armadas al gobierno
constitucional.
Los golpes de Estado impulsados por las fuerzas
armadas conforman estados de excepción, cuya característica intrínseca
radica en su provisionalidad. Pero la verdad no siempre ha sido así. Más
bien podemos afirmar lo contrario. En América Latina las fuerzas
armadas, una vez en el poder, han optado por permanecer, bajo la égida
de un caudillo o juntas de gobierno, siendo su duración más que sus
objetivos, donde surgen los desacuerdos entre los promotores civiles y
sus ejecutores directos, las fuerzas armadas. En estos casos el entente
no siempre es posible. Puede haber exclusiones de aliados y represión.
Esta vía tiene múltiples variables.
La realidad ha sido rica en experiencias. En algunos casos se recurre a crear partidos políticos ad hoc,
realizar elecciones no competitivas o instaurar parlamentos títeres.
Brasil, Nicaragua, República Dominicana, el Paraguay de Stroessner,
Ecuador o Bolivia. Según qué dictadores, decidieron mantener abiertos
los parlamentos y mostrar una cara democrática. En el otro extremo
tenemos a Chile, donde se cerró el parlamento, se declararon ilegales
los partidos de izquierda y en receso a los cómplices del oprobio. Los
matices son variados: Argentina, Uruguay, Guatemala, Honduras, El
Salvador. Lo cierto es que en todos la presencia de las fuerzas armadas
era actor contemplado como parte de la solución, impedir el triunfo de
la izquierda o la realización de programas nacionalistas, democráticos y
antimperialistas.
Nadie hubiese supuesto,
en este falso imaginario, que los golpes de Estado tuviesen procedencia
ajena al orden militar. Es decir, proviniesen del poder legislativo, sin
ir más lejos. En regímenes presidencialistas, como los
latinoamericanos, durante la guerra fría en más de una ocasión
asistimos a declamaciones solicitando la intervención de las fuerzas
armadas. Uruguay es un caso ejemplar. El 27 de junio de 1973 su
presidente, José María Bordaberry, miembro del Partido Colorado,
solicitó la actuación de las fuerzas armadas con el siguiente discurso:
La acción delictiva de la conspiración contra la patria, coaligada con la complacencia de grupos políticos sin sentido nacional, se halla inserta en las propias instituciones para así presentarse encubierta como actitud formalmente legal. Las fuerzas armadas acudieron al llamado. Bordaberry siguió siendo presidente tres años, previa disolución de ambas cámaras –senadores y representantes–, y el resultado fue la instauración de una dictadura cívico-militar.
Sin embargo, concluida la guerra fría
hemos pasado de dictaduras de la doctrina de la seguridad nacional a
regímenes políticos validados por las urnas, con una amplia gama de
posiciones políticas. Se inauguraba en la década de los 90 del siglo XX
un momento dulce. Democracias representativas, militares en los
cuarteles y el poder político asumiendo de manera responsable los
resultados electorales. Salvo, siempre, casos excepcionales. México o
Haití. Los golpes de Estado a la antigua usanza pasaron al baúl de los
malos recuerdos. Inclusive el gobierno de Tabaré Vázquez, en Uruguay,
condenó a 30 años de prisión a José María Bordaberry por ser responsable
del golpe de Estado de 1973. Nada hacía presagiar el retorno de los
golpes de Estado. Pero la realidad se muestra obstinada.
Hoy no es
necesario que las fuerzas armadas estén en primera línea. Los golpes de
Estado pueden remitirse a los parlamentos y desbancar gobiernos
legítimos. No por ello dejan de ser golpes de Estado. Ni mejores ni
peores. Tal vez, menos sangrientos. Eso ya es un paso, pero igual de
antidemocráticos y anclados en discursos tremendistas fundados en la
existencia de nuevos enemigos internos, abuso de poder o viejos
fantasmas del comunismo internacional, transformados en socialismo del
siglo XXI.
Desde 2002, con el intento en Venezuela por derrocar al
presidente Hugo Chávez, han resucitado, sin olvidar a Aristide en Haití
y extendido a países con nuevos marcos constitucionales democráticos,
cuyo articulado reconoce mayor soberanía y declara la ciudadanía plena
en el ejercicio del poder. Ecuador y Bolivia. No es el caso de Honduras y
Paraguay, cuyas constituciones nacidas en los años 90 del siglo XX
tienen el espíritu neoliberal y neoligárquico procedente de la guerra fría.
Por este motivo y no otro el parlamento paraguayo ha decidido romper la
voluntad del pueblo expresada en las urnas. La destitución del
presidente Lugo es tan golpe de Estado como los anteriores. Su triunfo
expresa un sueño de la derecha latinoamericana en los años del
anticomunismo. Ojalá, piensan, todos los golpes hubieran tenido esta
cara amable. Nadie los acusaría de antidemócratas, violadores de los derechos humanos o criminales de lesa humanidad.
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