En algunas zonas, aunque hay cosecha, no se
puede usar porque por falta de lluvia las plantas no procesan los
fertilizantes sintéticos y se vuelven tóxicas
Como serpiente que se muerde la cola, el
sistema alimentario industrial –que es el principal causante del cambio
climático global– se sacude por las pérdidas de cosechas debido a
intensas sequías en Estados Unidos. En algunas partes, aunque hay
cosecha, no se puede usar porque por falta de lluvia las plantas no
procesan los fertilizantes sintéticos y se vuelven tóxicas para el
consumo. Todo está relacionado al mismo sistema industrial: semillas
uniformes, sin biodiversidad, con agrotóxicos y fertilizantes
sintéticos, con alto uso de transportes, energía y petróleo –por tanto
gran emisor de gases de efecto invernadero– y controlado por
trasnacionales.
En el caso del maíz, la escasez se exacerba porque 40 por ciento de
la producción en Estados Unidos se destina a etanol, es decir, a
alimentar autos en lugar de gente.
Al ser Estados Unidos uno de los principales exportadores mundiales
de maíz, soya y trigo, junto al hecho de que 80 por ciento de la
distribución global de cereales está en manos de cuatro multinacionales
que gestionan el abasto para obtener más lucros, la baja de producción
en ese país tiene efecto dominó sobre el mercado global, donde los
precios de los alimentos están disparados.
Además de los granos, suben
los precios de aves, puercos y res, ya que más de 40 por ciento de la
producción de cereales del mundo se usa como forraje para cría
industrial confinada de animales.
Otro absurdo del mismo sistema
agroindustrial, ya que sería mucho más eficiente usar los cereales para
alimentación humana y consumir menos carne, o que la cría fuera en
pequeña escala con forrajes diversificados. La cría industrial confinada
y masiva de animales es el origen, además, de epidemias como la gripe
porcina y aviar, que a su vez generan escasez y aumento de precios, como
hemos visto recientemente en México con el aumento de precio de los
huevos por un brote de gripe aviar.
Los que más sufren por los aumentos de precios son los más pobres,
principalmente los urbanos, que usan 60 por ciento de sus ingresos en
alimentos.
Por el contrario, la veintena de transnacionales que controlan el
sistema alimentario agroindustrial (de Monsanto a Wal Mart, pasando por
Cargill, ADM, Nestlé y algunas más), las que controlan las semillas y
pies de cría, los agrotóxicos, la compra, distribución y almacenamiento
de granos (también para biocombustibles), los procesadores de carnes,
alimentos y bebidas, así como los supermercados, son los responsables de
las crisis, pero se han blindado contra sus efectos
–trasladando las pérdidas a los productores chicos, a los consumidores y
al gasto público. Para ellas, el caos climático y la escasez no
significan pérdidas, sino aumento de ganancias, como sucede con las
semillas, agrotóxicos y fertilizantes que se vuelven a vender, o las
empresas que almacenan cereales, los acaparan y especulan vendiéndolos
más caros, o los productos en supermercados, cuyo precio aumenta mucho
más que la proporción al inicio de la cadena.
El caso del maíz en México es ilustrativo. Pese a que los
agricultores del norte del país afirman tener 2 millones de toneladas
para vender, recientemente se importaron 1.5 millones de toneladas de
Estados Unidos (transgénico), y por otra parte venderá 150 mil toneladas
a El Salvador y otra partida a Venezuela. Anteriormente había comprado
medio millón de toneladas a Sudáfrica. Absurdo para el clima, por los
transportes innecesarios, y brutal contra la producción nacional.
Cuestionado, el secretario de Economía, Bruno Ferrari (anteriormente
funcionario de Monsanto), se lavó las manos, alegando que es una
decisión de empresas privadas.
El trasfondo, como explica Ana de Ita, del Centro de Estudios para el
Campo Mexicano (Ceccam), es que en el contexto de las políticas para
liberalizar la producción agrícola nacional que precedieron a la firma
del TLCAN, se desmanteló la Conasupo, que equilibraba el comercio
interno de maíz, entregando el mercado interno a las trasnacionales:
empresas como Cargill, ADM, Corn Products International, junto a grandes
porcícolas, avícolas y de procesamiento industrial de tortillas. Éstas
compran a quien les convenga, sea porque es más barato o por otras
razones, como comprar a agricultores con los que tienen contratos de
producción en Estados Unidos.
Ese tipo de empresas –y sus ex funcionarios en el gobierno, como
Ferrari– son las que afirman que hay que importar maíz, porque la
producción nacional no es suficiente. Sin embargo, México ha producido
en los últimos años alrededor de 22 millones de toneladas anuales, y el
consumo humano es de unos 11 millones. Se usan en derivados industriales
otros 4 millones de toneladas, restando aún 7 millones. Pero las
empresas importan 8-9 millones de toneladas anuales adicionales, porque
se usan 16 millones de toneladas de maíz en la cría industrial masiva de
aves y cerdos –tambien de grandes empresas.
Si la cría fuera descentralizada y con forrajes diversos se tendría
suficiente producción, sin epidemias y sin maíz transgénico de
trasnacionales, con muchas más fuentes de trabajo rural. La importación
de maíz a México no es necesaria, es sencillamente un negocio entre
trasnacionales, condonado y subsidiado por el gobierno.
Si las políticas públicas protegieran la producción agrícola y
pecuaria diversa y de pequeña escala, con semillas propias y públicas
nacionales, se diversificarían los riesgos –incluso climáticos– y
tendríamos producción alimentaria suficiente, accesible y de mucho mejor
calidad.
*investigadora del Grupo ETC
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