El miedo a la democracia (I)
Carlos FazioLa Jornada 09/07/2012
Una vez más, la fabricación del
consentimiento funcionó. Triunfó la telecracia. El poder del dinero. La
elección presidencial fue una gran operación de propaganda aceitada con
sobornos, extorsiones y corrupción. Un montaje orquestado por los
poderes fácticos a través de monopolios mediáticos y casas
encuestadoras, en sociedad con el aparato del viejo partido de Estado,
el Revolucionario Institucional (PRI).
Ganó México, afirmó Enrique Peña en la victoria. Ahora, él representa el
interés nacional. Es decir, el interés de la clase dominante. Adoctrinado por el sistema, será su administrador de turno.
Los amos de México disfrutan el espectáculo y se preparan para el
gran banquete. Porque no hay engaño: se trataba de mantener a raya a la
chusma libertaria, y lo lograron. En la actual selva socialdarwinista
neoliberal mexicana,
ganóel corrupto más competitivo. ¿Su tarea? Mantener a la atolondrada multitud en un estado de sumisión implícita; contener el despertar de la plebe. Ganó el candidato que contó con la maquinaria más experimentada en explotar la servidumbre humana, en controlar masas subordinadas, encadenadas a un orden autoritario-servil. Triunfó el más apto en el marco de un Estado de tipo delincuencial y mafioso en rápida fase de putinización.
Recuerda Noam Chomsky que en las sociedades industriales avanzadas la
toma de decisiones reside en manos privadas, que utilizan instituciones
ideológicas para canalizar el pensamiento y las actitudes de la
población dentro de límites aceptables, desviando cualquier reto
potencial hacia el privilegio y la autoridad establecidos, antes de que
pueda cobrar forma y adquirir fuerza. La tarea consta de muchas facetas y
agentes. Uno de los agentes principales para el control del pensamiento
crítico son los medios de difusión masiva. Según Chomsky, los
ciudadanos
deberían emprender un curso de autodefensa intelectual para protegerse de la manipulación y del control. Sólo que en México, esta vez, a la guerra sucia y el terrorismo mediáticos hay que sumar el papel propagandístico de las principales firmas encuestadoras. Los sondeos no fallaron. Fueron diseñados para engañar y/o confundir a la
opinión pública. Se manejaron espots propagandísticos en traje de encuestas, porque la gente cree que
los números nunca mienten(la verdad matemática o
el fetichismo moderno por el número, Ilán Semo dixit). Pero las cifras no son neutrales. La ofensiva massmediática tuvo como eje la difusión de una matriz de opinión dirigida a convencer al electorado, antes de que votara, de que ya había un ganador inalcanzable.
Los nexos económico-ideológicos entre el poder mediático y los
mercaderes de encuestas son públicos. Hace varios años, las barras
informativas de las cadenas de radio y televisión incorporaron como
analistasa los directores de las encuestadoras más
profesionalesdel mercado. Entre ellas, Consulta Mitofsky (cuyo cliente principal es Televisa Tv-Radio), GEA/ISA (propiedad de Jesús Reyes Heroles, contratada por el Grupo Multimedia Milenio), BCG Ulises Beltrán (al servicio del Grupo Imagen Multimedia que publica el diario Excélsior), Buendía y Laredo (El Universal) y Parametría (cadena El Sol de México). El caso del
sumo sacerdotede Mitofsky, Roy Campos, en los espacios electrónicos de Televisa y Radio Fórmula, ha sido notable. También los de Francisco Abundis (Parametría) y Ulises Beltrán.
El trabajo de los nuevos gurús ha sido contribuir a la construcción social de Enrique Peña, manipular a las audiencias (
el aturdido rebaño), fabricar una opinión pública a la carta y manufacturar un sesgo informativo en favor del bloque dominante, todo lo cual fue legitimado por las encuestas al proveerle el falso sello de la aprobación pública. Las firmas que manipularon las cifras en 2006 y legitimaron el fraude en favor de Felipe Calderón vendieron ahora el triunfo anticipado. A la manera de Antonio Gramsci, generaron el consenso necesario anexo a la fuerza. Mediante la repetición de una misma matriz –en la que participaron los intelectuales orgánicos de las cadenas de diarios bajo control monopólico–, los periodistas estrellas (press-titutes, los llamó Paul Craig Roberts) complementaron la faena. Ya en la recta final de las campañas, bajo la máscara de una
verdad técnica, protegieron al puntero prefabricado y sembraron la desesperanza entre quienes aspiraban a un cambio.
Para Etelberto Cruz, la raíz de lo que algunos definen
encuestocraciase encuentra en que los candidatos y las corporaciones mediáticas dan un uso político a los ejercicios de demoscopia, aprovechando que no hay transparencia sobre quién paga y los intereses que están detrás de esos sondeos. El bombardeo sobre la ventaja de Peña se insertó en una estrategia deliberada para propagar
la cultura de la anomia, que Cruz define como
una cultura de la depresión que busca provocar la inacción, la parálisis del votante. Una forma de inducir el voto por el que va a triunfar o el abstencionismo. Para hacer ganar a Peña, los poderes fácticos patrocinaron propaganda en forma de encuestas disfrazadas. La influencia de los señores del dinero, que en elecciones anteriores se hacía sentir en
publicidad pagadapor particulares –ahora prohibida por ley–, se transfirió al abono de encuestas. Ello permitió la proliferación de propaganda facciosa camuflada como estudios de opinión y trabajos demoscópicos, que al no estar debidamente regulados, verificados y auditados pudieron contrabandear sus sesgos, inconsistencias científicas y deficiencias metodológicas.
Una sociedad salvaje –en el sentido socialdarwinista–, que asistió
impávida al asesinato de miles de niños, jóvenes, defensores de derechos
humanos, periodistas y civiles inocentes, no estuvo a la altura de la
indignación del movimiento #YoSoy132, menos pulsional y más pensante,
ergo, más impermeable a los espots propagandísticos. Se dibuja la
irrupción de un Estado corporativista ya no atomizado por mafias. Bajo
Mussolini primó la mafia de los fascistas. ¿Qué deparará el peñismo?
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El miedo a la democracia (II)
Carlos Fazio
La Jornada 23/07/2012
Después de la Segunda Guerra Mundial,
ante la emergencia popular y el auge de las ideas socialistas en el
orbe, y por miedo a la democracia, con el espantajo de una agresión
comunista extracontinental la élite del poder estadunidense edificó un
Estado de bienestar para los ricos con una ideología de seguridad
nacional para el control de la población. Con el cuento de los
valoresde la democracia occidental y cristiana, el modelo se exportó, custodiado por los infantes de marina. El uso de la propaganda fue clave en la fabricación de un mundo maniqueo destinado a encubrir la lucha de clases y la dominación capitalista. La falsificación sistemática de los hechos –de crímenes e infamias múltiples– llega hasta el presente. Pero, desaparecido el otro polo de la contradicción de la guerra fría, el capitalismo ya no se preocupa por ocultar su rostro real. A la crisis del capitalismo fordista siguió la restructuración neoliberal depredadora, tildada de
globalización. Hoy, en el marco de un imperio anárquico y casi omniabarcante, rige un entramado estructurado jerárquicamente por estados, organizaciones internacionales, consorcios multinacionales y –no en último término– bandas criminales de tipo mafioso.
El mundo está dominado por las más altas esferas del poder político,
oligopólico, militar y financiero, es decir, por verdaderos
criminales organizados, cuya máxima expresión visible son las mafias representadas en Davos. Con la salvedad de que el capitalismo monopólico jamás había estado tan bien definido como ahora. En un acto de ocultismo, la propaganda neoliberal, convertida en un instrumento eficaz de desinformación, trata de convencernos de que vivimos en un
mundo feliz, mientras una violencia represiva creciente completa sus efectos y asegura el control social.
Desde hace años, la política devino escenificación mediática, en el
sentido de un desacoplamiento sistemático entre el discurso político y
la práctica política. Como dice Joachim Hirsch, lo que hoy día se llama
política se reduce cada vez más a la administración más o menos
eficiente del orden existente, al acomodamiento ante las fuerzas
compulsivas de los hechos y de las circunstancias. Sumergidos en un
sistema de corrupción estructural, quienes malgobiernan administran el statu quo
y buscan ofrecer las condiciones más redituables al capital a costa del
bienestar social. En Estados Unidos gana el que mete más dólares a su
campaña. El poder del dinero y la propaganda disfrazada de mercadotecnia
fabrican presidentes. En 2008, Barack Obama fue premiado por la
industria de la mercadotecnia por su campaña de propaganda electoral; se
ubicó por encima de cualquier otro producto. En Italia, con su pasado
criminal, Berlusconi fue elegido primer ministro de un país mafioso y
mariano-católico machista, en dos ocasiones.
Como aparatos mediáticos del sistema de dominación, en lugar de
valores políticos de uso, los partidos trafican en el mercado electoral
con mercancías políticas fetiches. En la competencia entre aparatos
partidistas se trata, ante todo, de una diferenciación de producto según
técnicas de la industria de la propaganda comercial. Los departamentos
de propaganda y los estilistas políticos fabrican candidatos. Lo que
cuenta es la presentación, lo decisivo es el envase. Ayer Vicente Fox,
hoy el muñeco telegénico de Televisa y los poderes fácticos, Enrique
Peña Nieto, a quien habían programado para ganar por dos dígitos para
imponer las contrarreformas
estructurales. Las promesas de campaña fueron parte de la puesta en escena; no eran para ser cumplidas. Además, vivimos en la
sociedad de la disculpabilidad. La
clase políticay sus papagayos en los medios hablan permanentemente de responsabilidad, pero, si algo sale mal, piden disculpas. Como ahora con las encuestas: cinismo puro. Además, las promesas sirvieron para embadurnar la compra de votos a masas de desheredados que no tienen en su horizonte cultural siquiera la idea de sociedad, en el sentido de la modernidad. En Alemania, 31 por ciento del electorado votó para que Hitler llegara al poder y fue copropiciador de una debacle y una orgía de barbarie de dimensiones históricas.
En México, todos los partidos son corruptos y usan los mismos
métodos. Son comprables y, por tanto, compradores de voluntades. Sólo
difieren en los niveles de
competitividad. En la selva socialdarwinista neoliberal
ganóel corrupto más competitivo del
partido virtual de la unidad(Joachim Hirsch), o lo que Losurdo llamaba un
monopartidismo competitivo, con formaciones políticas que representan a la misma burguesía y exhiben la misma ideología neoliberal.
Los partidos Revolucionario Institucional y Acción Nacional vienen
coadministrando los intereses del gran capital desde los años 80. Ahora
impusieron a Peña, el gandalla más apto de la partidocracia. Andrés
Manuel López Obrador no podía ganar en 2006 ni en 2012. Con
independencia de que sea un mesías o Satanás, de izquierda o derecha –y
de que esté rodeado de algunos personajes sin integridad y rigurosamente
inescrupulosos, y de que no puso la guerra estúpida de Felipe Calderón
como tema de campaña–, la aversión de la oligarquía a AMLO es porque no
es chantajeable ni cooptable. Porque, como diría Max Weber, vive PARA la
política, no DE la política.
La política llena su vida. A diferencia de los integrantes de la
clase política–para quienes la política es una
chambay un vehículo para el enriquecimiento personal–, para AMLO la política es pasión. Además, en tiempos del neoliberalismo rapaz, cuando rige el dios dinero, a él no le interesa el dinero. Ergo: tampoco es comprable. Y eso es peligroso: una
locura. Pero a la vez, tiene gran poder de convocatoria y puede movilizar grandes masas, como el general Cárdenas. En esa medida, es un poder
fácticofuera del control de la oligarquía, de las huestes jerárquicas locales de Ratzinger y del imperialismo. Por eso se le sataniza y se le ha querido aniquilar. Por eso, y porque también los amos de México le tienen miedo a la democracia.
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El miedo a la democracia (III)
Carlos Fazio
La Jornada 06/08/2012
La fase poselectoral volvió a entramparse en México, país singularizado por fraudes seriales. A diferencia del Pemexgate y
el caso Amigos de Fox en los comicios de 2000, lo novedoso ahora es
que, además del financiamiento irregular de grandes patrimonios
particulares y grupos corporativos privados, la candidatura de Enrique
Peña Nieto pudo haber sido aceitada con dinero sucio de la delincuencia
organizada.
No hay crimen perfecto. La compra de la Presidencia de México para el
candidato fabricado por Televisa y otros grupos multimedia, en colusión
con firmas encuestadoras, exhibe muchos cabos sueltos, algunos de los
cuales podrían configurar asociaciones delictuosas –incluido lavado de
dinero y la triangulación de fondos de procedencia ilícita a través de
empresas
fantasmas, paraísos fiscales e instituciones financieras, bancarias y comerciales– entre los operadores de campaña de Peña.
Al escándalo de HSBC destapado por el Senado de Estados Unidos, seguido por el Sorianagate y el Monexgate
–incluida la extraña muerte del empresario Juan Armando Hinojosa Cantú,
ligado al fondo financiero para la campaña peñista–, se suman la
denuncia sobre presunto lavado de dinero a través de Scotiabank contra
Luis Videgaray, coordinador de campaña del priísta, y la admisión de
culpabilidad ante una corte de Nueva York del ex gobernador en Quintana
Roo Mario Villanueva, por su participación en operaciones de blanqueo de
capitales procedente del tráfico de drogas.
Aunque se trata de casos diferentes y sin aparente conexión –incluida
su temporalidad–, la conjunción de hechos devela una trama compuesta
por mecanismos paralelos y oscuros modus operandi propios del
otrora partido de Estado, lo que obligaría a limpiar los comicios por
las autoridades competentes, con apoyo de la Comisión Nacional Bancaria y
de Valores, la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de
Hacienda y la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos
Electorales (Fepade). Si no, ¿para qué sirve la Ley Federal para la
Prevención e Identificación de Operaciones con Recursos de Procedencia
Ilícita y Financiamiento al Terrorismo?
No obstante, la larga historia de corrupción, impunidad y simulación
de México indicaría que eso es casi imposible. Máxime, cuando el
comandante en jefe de la
guerraa las drogas, Felipe Calderón, se ha venido haciendo el tonto frente a los reportes del Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI) y del Senado estadunidense, que prueban que México se ha convertido en un gran bazar del lavado de dinero para las mafias delincuenciales, en un mundo regido por el neoliberalismo y sus imperativos: la apertura de mercados bajo la falsa bandera del libre comercio, la desregulación generalizada y la obtención de tasas máximas de rentabilidad en plazos cada vez más cortos de recuperación de la inversión. Con la evidencia palpable, al igual que en Colombia o Rusia, de que el dinero de las mafias está presente en la política.
En ese contexto, no llama la atención la rápida validación de la
victoriade Peña por el Consejo Coordinador Empresarial (CCE, organismo cúpula del Consejo Mexicano de Hombres de Negocios) y otras agrupaciones satélites como Concamin, Concanaco, Coparmex, Canacintra, la Cámara de Comercio, la Asociación de Bancos de México, AMIS, el Consejo Nacional Agropecuario y la Asociación Nacional de Tiendas de Autoservicio y Departamentales.
Lo que sí asombra un poco es la descarada defensa del proceso
comicial por algunos consejeros del Instituto Federal Electoral. Al
respecto, y más allá de la evidente toma de partido del presidente del
IFE, Leonardo Valdés Zurita –que viene a confirmar que el sistema
electoral está al servicio de las élites del poder–, sorprenden
argumentaciones como las de la consejera María Marván Laborde, quien en
su texto
Malas encuestas, ¿ciudadanos idiotas?, hace una velada defensa de las compañías demoscópicas, la televisión, la radio y los periódicos y, asumiendo una actitud paternalista, exonera de cualquier viso de manipulación al
ciudadanode a pie. Como en 2006, la autolegitimación del fraude disfrazada de reivindicación de la
ciudadaníaencarnada en
la gente común. El viejo recurso de elogiar al populacho, a la chusma.
Sumado a una Fepade y una CNBV inútiles, y a un Tribunal Electoral
del Poder Judicial de la Federación integrado por magistrados peñistas
de corazón, lo anterior deja poco lugar al optimismo. En realidad no hay
sorpresa. Se confirma la existencia de unas instituciones míticas, cuya
función es la conservación del statu quo. Una vez más, queda
exhibida la razón cínica del búnker dirigente –como sinónimo de una
sociedad jerarquizada y clasista, opuesta al cambio y la innovación
sociales–, controlado por una minoría dominante intransigente, que
cultiva un absurdo esencialismo ahistórico y siente un miedo patológico a
la información, a la verdad y al pensamiento crítico.
No tardarán en intensificar su severo repertorio ideológico con aire
de cruzada en pro de los intereses de los de arriba. Con independencia
de las trampas semánticas y la fraseología falsificada de la actual
dirigencia priísta y sus amanuenses mediáticos, los mitos del búnker se
refieren, como es natural, a los valores más comercializables en el
mercado: la defensa de la mexicanidad, de la patria, la democracia, las
libertades, del estado de derecho y las instituciones –entre ellas el
sacrosanto IFE
ciudadanizado,
blindadoy
a prueba de fraudes–, en contraposición al
odioy la
violenciade quienes encarnan un
peligro para México. Una vez más, mitos, mitos, mitos. Con la salvedad de que cuando sus intereses son puestos en peligro por la evolución crítica de la sociedad, los amos de México no dudan en defenderse con todo el peso de esas
institucionesy las fuerzas represivas del Estado.
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