Hasta donde puede uno colegir, son
cuatro los máximos dirigentes del Partido Revolucionario Institucional
(PRI): Enrique Peña Nieto, candidato de esa organización a la
Presidencia de la República; Emilio Gamboa Patrón, elegido ya como líder
de la fracción priista en la Cámara de Senadores; Manlio Fabio
Beltrones Rivera, líder de la fracción del PRI en la Cámara de
Diputados; y Pedro Joaquín Coldwel, presidente formal de ese partido.
Cada uno de ellos y cada cual por su
lado han prometido trabajar en pro del bienestar del pueblo de México. Y
como condición esencial para el logro de ese objetivo, el cuarteto ha
planteado la necesidad y su propósito de llevar adelante tres
–sostienen– imprescindibles reformas: fiscal, energética y laboral.
Ninguno del cuarteto ha dicho, sin
embargo, en qué consistirían esas reformas. Pero dados los antecedentes
políticos de cada uno de ellos es claro cuál sería ese contenido.
La archimencionada reforma fiscal
consistiría en más y mayores impuestos. ¿O alguien piensa que una
reforma fiscal podría implicar menos y más bajos gravámenes? Si este
último fuere el caso, no sólo la habrían hecho público, sino que lo
habrían publicitado con el ánimo de granjearse la simpatía de los
millones de ciudadanos que se consideran excesiva y por ello
injustamente exaccionados.
Al ilustre cuarteto, desde luego, no le
faltará imaginación para idear nuevos impuestos. Pero en ese catálogo de
ideas sin duda ocupará el primer lugar el viejo propósito de gravar con
el impuesto al valor agregado (IVA) alimentos y medicinas, hasta ahora
exentos de ese gravamen.
La razón de este propósito es meridiana:
la recaudación fiscal se vería inmensamente incrementada. Como en la
misma proporción se verían reducidos los ingresos de decenas de millones
de consumidores de alimentos y medicinas. Digamos que el siempre
sonriente cuarteto pretende aplicar una receta fiscal idéntica a la que
en España ha puesto en práctica el gobierno de Mariano Rajoy.
En aquel catálogo de ideas no podría
faltar, desde luego, un aumento en la actual tasa del IVA, que ya subió
hace tiempo del 10 por ciento al actual 16. Este incremento podría
llegar, digamos al 20 por ciento o a cualquier otra cifra que al
imaginativo cuarteto se le pueda ocurrir. En España, por ejemplo, Rajoy
ha subido el IVA de 18 a 21 por ciento, es decir, tres puntos
porcentuales de incremento.
Ya puesto a emular a Rajoy, el popular
cuarteto podría poner en práctica algunas variantes típicamente
rajoyanas. Por ejemplo: subir el IVA del actual 16 al 20 por ciento y
aplicar una tasa menor a medicinas y alimentos, digamos 4, 5 o 10 por
ciento. De este modo, la cornada a la economía popular sería por partida
doble.
Cornada que podría ser triple si esos
nuevos y mayores impuestos al consumo se combinan, como ha hecho Rajoy,
con una reducción del gasto público en los sistemas de salud, de
seguridad social y de educación.
Estos mayores ingresos fiscales y estos
menores gastos en salud, educación y seguridad social servirían para
compensar la pérdida de ingresos que implicaría la cacareada reforma
energética, que no es otra cosa que la privatización y quizás
extranjerización de Petróleos Mexicanos (Pemex), una de la empresas
(públicas o privadas) más rentables del mundo.
El cataclísmico cuadro sería completado
con la reforma laboral: reducciones salariales, disminución o
eliminación de prestaciones y facilitación y abaratamiento del despido.
El reino de Mariano Rajoy en México, con la única diferencia de que a
Rajoy nadie le imputa haber llegado al poder en forma fraudulenta
mediante la compra de millones de sufragios, cosa de la que no puede
presumir el tristemente célebre cuarteto mexicano.

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