24/9/13

El voto, los bienes escasos y el zapatismo

La capacidad organizativa que necesita un partido político para presentarse a unas elecciones podría invertirse en procesos de transformación social donde no hubiera competencia sino colaboración 


Guillermo Zapata.
Madrilonia 24/09/13

En el encuentro 15MP2P celebrado hace unos meses en Barcelona, Margarita Padilla, autora de El Kit de la lucha en Internet, uno de los libros más interesantes sobre la política en la red en los últimos años, planteó una reflexión que me impresionó mucho. Pensando en las posibilidades de trasformación política nacidas al calor del 15M, decía que había estado pensando en la herramienta “voto” y la herramienta “partido político”: porque ambas plantean un escenario dónde la cooperación es muy difícil ya que, decía, el voto es un bien muy escaso. Solo tienes un voto por persona y solo se lo puedes entregar a una opción política una vez cada cuatro años. Y en contextos de escasez, la cooperación es complicada.

Si el voto es un bien tan escaso, normal que se le otorgue un poder enorme, como el valor que se les da a los diamantes. Pero lo cierto es que el voto no es valioso por ser escaso, es simplemente escaso. Un solo voto no sirve para nada. Ni uno, ni diez, ni cien, ni siquiera un millón de votos. Para conseguir que “el voto” valga es necesario que millones de personas lo usen en la misma dirección, para votar a “algo”. Gracias a esos millones de votos un grupo de personas (pocas o muy pocas) ejercen el poder durante unos años, y ese ejercicio del poder es lo valorado. Así que el voto no es más que una moneda con muy poco valor que junto a otras compra cuotas de poder institucional. Los partidos políticos prefiguran esas opciones electorales siguiendo distintos métodos (más o menos democráticos) y se las ofrecen a quien debe comprar la cuota de poder.

En ese contexto, muchas personas empiezan a plantear que nos encontramos ante un método de funcionamiento enquistado, poco democrático, etc. Y se plantea cambiarlo, teniendo que afrontar entonces el problema de “¿cómo ganar?” y ahí se dan distintos tipos de respuestas. Las que se dan en el campo electoral chocan con el problema de la escasez constantemente. No hay lugar a la cooperación y todo son relaciones de competencia. Las opciones que optan por transformar el estado de cosas presente sin abordar la cuestión institucional se enfrentan de inmediato al problema de la escala de sus propios proyectos. Y ahí quizás hay algo que aprender del “modelo de los partidos”, aunque sea de forma paradójica.

Al inicio de la organización del EZLN en el sureste mexicano se planteó el problema del dinero para desarrollar ciertas infraestructuras con el objetivo de iniciar lo que en 1994 fue la revuelta zapatista. Hubo quien planteó que sería necesario robar bancos para conseguir el dinero. Según cuentan, desde la comandancia del EZLN a esas personas se les planteó que organizaran el robo pensando en todo lo que necesitaban para realizarlo: gente, armas, vehículos, suministros, etc. Les propusieron entonces que consiguieran todo ello, pero no robaran el banco.

Para conseguir que millones de personas usen su escasísimo voto en una de las pocas opciones que se presentan a las elecciones, es necesario infraestructuras, miles de personas dispuestas a escala municipal, autonómica y estatal, recursos, acceso a medios de comunicación y/o medios de comunicación propios, etc. Me pregunto cómo sería plantearse el desafío no de presentarse a las elecciones, sino de tener la organización que pudiera hacerlo. Me pregunto a qué podrían dedicar el tiempo todas esas personas organizadas si no tuvieran que andar pidiéndole a nadie que las votaran, me pregunto qué decidirían hacer en sus barrios, comunidades, centros de trabajo, etc.

De algo estoy seguro: esas organizaciones no tendrían problemas de cooperación entre ellas y con otras, porque no estarían vendiendo nada para que otros pagaran para comprar poder y, por tanto, no estarían en principios de competencia. Incluso esas personas podrían, cada cuatro años (o cada dos, o cuando el modelo viejo o nuevo diga) ir a votar a otras organizaciones si así lo quisieran y los partidos viejos o nuevos pedirles el voto.

Eso sería, quizás, lo de menos. Al contrario que ahora. 

Artículo publicado originalmente en Madrilonia.

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