3/12/13

EZLN, el comienzo

Recordando la fundación del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en su 30 aniversario

Foto: Arturo Landeros
Por Arturo Landeros
Revista mexbcn · No. 11 · Barcelona 2013

En algún lugar de la Selva Lacandona, una célula de las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN) fundó el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Era el 17 de noviembre de 1983 y seguramente el mundo mantenía la mirada puesta en las consecuencias del derribo de un avión comercial surcoreano por cazas soviéticos o por las recientes elecciones democráticas en Argentina tras siete años de dictadura militar y la Guerra de las Malvinas.

En México se vivía la resaca de la crisis de 1982 y se perfilaba el primer año de gobierno de Miguel de la Madrid. López Portillo había instrumentado el rescate de la banca mexicana bajo el lema: “Ya nos saquearon. ¡No nos volverán a saquear!” De la Madrid anteponía el discurso de la “Renovación moral” para un sistema político que no podía ni quería tapar lo suntuoso de su corrupción.  Claro que muchos seguían viviendo la amargura de la eliminación de México por Honduras para el mundial de España 82.

Pero para llegar a la selva chiapaneca habría que desandar más historias y geografías. Habría que ir al norte mexicano, a Chihuahua y Nuevo León; pero también a Tlatelolco  y a Nepantla en el Estado de México. Las FLN se crearon a finales de los sesenta en Monterrey. Los militantes pertenecían esencialmente a la clase media y la gran mayoría provenían de la universidad. Muchos habían encontrado inspiración en la guerrilla del profesor Arturo Gámiz y su intento de asalto al cuartel Madera (Chihuahua),  el 23 de septiembre de 1965.  Esa fecha sería retomada por la Liga Comunista “23 de Septiembre” en la cual militó Jesús Piedra, hijo de Rosario Ibarra de Piedra, desaparecido en 1974. Como Jesús, muchos jóvenes habían asumido la lucha revolucionaria tras las diferentes olas represivas del gobierno mexicano incluida la matanza del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco. Al igual que Jesús Piedra, muchos jóvenes fueron diezmados en la persecución parapolicial de 1974 en el norte del país. Diez años más tarde renacerían en las montañas del sureste mexicano.

El 14 de febrero de 1974, uno de los principales cuarteles del FLN, la Casa Grande en San Miguel Nepantla, fue asaltado por las fuerzas gubernamentales. Fueron asesinados la mayoría de los militantes que se encontraban en el lugar. La documentación encontrada permitió a las fuerzas policiales y militares descubrir que un contingente de las FLN estaba instalado en Ocosingo (Chiapas).

Así, pese a la persecución, entre 1974 y 1983, las FLN lograron reclutar miembros entre los sectores populares y universitarios principalmente en la Ciudad de México. Durante ese periodo  muchas de sus actividades se realizaron en el estado de Chiapas, construyendo redes de solidaridad con organizaciones locales que tenían un trabajo previo con los indígenas de la región.

En 1983 algunos miembros mestizos e indígenas de las FLN –Germán, Elisa, Rodolfo, Francisco y Javier– partieron  de Ocosingo en un camión de redilas. Después de varias horas de camino acamparon cerca de la comunidad La Sultana y se internaron en la selva. Tras unos días, el 17 de noviembre, construyeron el campamento en el que se fundó el EZLN, llamado La Pesadilla, según unas versiones, o La Garrapata, según otras.

La formación ideológica del FLN-EZLN se había construido con elementos marxistas-leninistas y con una conceptualización guevarista en el sentido del foco guerrillero. Quienes llegaron a la Selva Lacandona habían realizado un análisis de la explotación indígena-campesina basado en una supuesta falta de organización y en la carencia de elementos teóricos y materiales para la lucha emancipadora. Pero pronto descubrieron que lo que había en el corazón de Chiapas distaba mucho de lo que habían imaginado. Hallaron la existencia de un movimiento indígena con mucha tradición de lucha, con mucha experiencia y muy organizado. Cuenta el Subcomandante Insurgente Marcos cómo pasaron de pretender ser maestros a ser alumnos, de cómo vivieron una especie de conversión: “Sufrimos realmente un proceso de reeducación, de remodelación. Como si nos hubieran desarmado. Como si nos hubiesen desmontado todos los elementos que teníamos –marxismo, leninismo, socialismo, cultura urbana, poesía, literatura-, todo lo que formaba parte de nosotros, y también cosas que no sabíamos que teníamos. Nos desarmaron y nos volvieron a armar, pero de otra forma. Y esa era la única manera de sobrevivir.” Esta fue la primera gran lección que recibió el FNL-EZLN de los indígenas chiapanecos.

Cuenta el Sub Marcos que los tres grandes componentes del EZLN son: “un grupo político-militar, un grupo de indígenas politizados y muy experimentados, y un movimiento indígena de la Selva”. Este movimiento indígena también tuvo su muy particular 1974. En octubre de ese año se celebró el Congreso Indígena que tuvo como sede final la ciudad de San Cristóbal de Las Casas. La convención convocó y reunió a representantes de los pueblos Tzeltal, Tzotzil, Ch’ol y Tojolabal que formularon e hicieron común un programa de lucha por la tierra, la educación, la salud y la comercialización justa de sus productos. Como resultado de la realización del Congreso se fueron conformando nuevos procesos de organización campesina –indígena en las diversas regiones de Chiapas. Con la mediación y el apoyo de una facción del clero y de grupos de activistas vinculados a la diócesis de San Cristóbal de las Casas el movimiento indígena se fue consolidando con los años. La Unión de Ejidos Quiptic ta lecubtesel (Nuestra fuerza para la liberación) y la posterior Unión de Uniones o Asociación Rural de Interés Colectivo (ARIC), son algunos ejemplos.

Foto: Arturo Landeros
La estrategia de los años de la clandestinidad del EZLN es la de acumulación de fuerzas para la consolidación de un ejército indígena-campesino. La elección de la vía armada trajo consigo discordia entre las diferentes organizaciones indígenas dadas las tensiones entre los partidarios de la radicalización de la lucha por la tierra y quienes pensaban que podían negociarse condiciones.

La mal llamada celebración del V Centenario del Descubrimiento de América, en 1992, suscitó movilizaciones y protestas tanto en las expresiones del movimiento indígena organizado como en las filas del indigenismo oficial ante un modelo clientelista agotado. Frente a ello, el arribo de las reformas neoliberales avizoraba un panorama de mayor exclusión para el mundo indígena y sus territorios. La reforma al artículo 27 de la Constitución amenazaba con el fin del Ejido como posesión colectiva de la tierra, pero también como arma clientelista y de cooptación por parte del gobierno.

El 12 de octubre de 1992, tras la borrachera olímpica de Barcelona, algunos millones de mexicanos contemplaron la marcha de 10 mil indígenas por las calles de San Cristóbal de las Casas. A su paso derribaron la estatua del conquistador Diego de Mazariegos, fundador de esa ciudad colonial en el siglo XVI y símbolo de los 500 años de dominación. La mitad de esos indígenas eran miembros del EZLN y  poco tiempo después sacudirían al mundo entero, levantándose en armas, en la madrugada del 1 de enero de 1994. Pero como decía la abuela: esa ya es otra historia.
Corridos Zapatistas:

Los Dos Vientos de Voz y Fuego Vol.2  http://we.tl/G0Sm6QUcbf

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Arturo Landeros Suárez nació en Tenochtitlán el año del primer mundial en tierra mexica. Es arquitecto y sociólogo pero fundamentalmente preguntólogo. Latinoamericanista por defecto y ciudadano de Catalunya por deriva. Participa en el Grupo de derechos humanos y sostenibilidad de la UPC, en la Associació Educació per a l’Acció Crítica – EdPAC y en el Colectivo l’Adhesiva Espai de Trobada i Acció.
 
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