9/3/14

Otra manera de curar

Tetleiczaliztli (el pisoteo de fuego) 

Un remedio para el dolor de espalda en tiempos prehispánicos

 

Patrick Johansson K. Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM

Jornada del Campo

La sapiencia de los pueblos nahuas prehispánicos, en lo que concierne a la herbolaria y a las prácticas medicinales para curar enfermedades y sanar heridas, dejó atónitos a los frailes españoles a mediados del siglo XVI, cuando éstos comenzaron a interesarse en la cultura de los “vencidos” con el fin de detectar los síntomas de lo que consideraban una enfermedad: el culto a sus dioses y los rituales correspondientes.

Los capítulos X y XI del Códice florentino; el Libellus Medicinalibus Indorum Herbis o Códice badiano; la Historia natural de Nueva España, del doctor Francisco Hernández, protomédico del rey Felipe II, y la Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales que sirven en medicina…, de Nicolás Monardes, entre otros documentos, son testimonios invaluables y pruebas fehacientes de la pericia de los antiguos mexicanos en materia de medicina.

Ahora bien, si apreciaban en su justo valor la terapéutica indígena, los frailes fustigaban las prácticas rituales y los conjuros que la acompañaban. Hermosas metáforas y gestos creaban una densa opacidad simbólica en la que quedaba atrapado el mal que se quería curar. Para los frailes, esta parte de la terapia era considerada como diabólica por lo que se perseguía a los médicos indígenas (ticitl) considerados brujos o hechiceros.
Hernando Ruiz de Alarcón, hermano del célebre dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón, dejó un testimonio de prácticas médico-rituales de los indígenas nahuas de lo que es hoy el estado de Guerrero en su obra Tratado de las supersticiones de los Naturales de esta Nueva España, escrita en 1626. En su obra, Ruiz de Alarcón transcribió distintos conjuros en la versión original en náhuatl y en su versión en castellano.

Entre las prácticas curativas que refiere, figuran las que buscaban aliviar los dolores del cuerpo. Un masaje enérgico llamado tepapacholiztli, que consistía en apretar vigorosamente las partes adoloridas bastaba generalmente para aliviar el dolor. Cuando la parte baja de la espalda se veía afectada como consecuencia de un exceso de trabajo o de un enfriamiento y los masajes eran insuficientes, los médicos indígenas aplicaban una cura llamada tetleiczaliztli, literalmente “el pisoteo de fuego”, la cual consistía en “pisotear” la espalda del doliente.

Primero calentaban una piedra o un comal, luego le pedían al paciente que se extendiera de bruces en el suelo “desnudo todo el cerro”. El médico mojaba un pie “cuyos callos estaban como las rodillas del camello”. Ponía luego el pie mojado sobre la piedra o el comal muy caliente hasta que el calor penetrara en la carne viva. Comprimía luego vigorosamente con la planta ardiente, y más específicamente con los callos del pie, “los lomos y el espinazo” del paciente, apretando continuamente, y profiriendo las palabras del  siguiente conjuro:


Tlacuele, xihualhuia nahui acatl milintica, in tzoncozahuiztica. Tlacuele, xihualhuia,
àmo tinech-elehuiz; nican nic-hualhuican nopozolcac (àmo tinech-elehuiz): ica noconpehuiz xoxouhqui coacihuiztli, yayauhqui coacihuiztli in ye quipopoloznequi in teteo inpiltzin: nimitzpopoloz, nimitztlàtlatiz.

“Ea, ya ven acá tú las cuatro cañas que echan llamas y tienes el cabello rubio: ea ya ven y advierte no me codicies; aquí traigo mi esponjado calcañar o callo, no te emplees en él, porque contigo, y con él pretendo apartar y quitar de adonde está, el verde dolor el pardo dolor que ya quiere destruir al hijo de los dioses, y por el contario yo te tengo de destruir y quemar.”

“Ea, ya ven acá tú las cuatro cañas que echan llamas y tienes el cabello rubio: ea ya ven y advierte no me codicies; aquí traigo mi esponjado calcañar o callo, no te emplees en él, porque contigo, y con él pretendo apartar y quitar de adonde está, el verde dolor el pardo dolor que ya quiere destruir al hijo de los dioses, y por el contario yo te tengo de destruir y quemar.”

El rubio cuatro cañas era el fuego; el esponjado calcañar: el talón hirviendo que comprimía la espalda; el dolor inasible se volvía aprehensible mediante sus colores. El curandero afirmaba de manera perentoria su voluntad de hacer salir la dolencia (no aniquilar el mal) del cuerpo enfermo.


La sesión duraba hasta que el paciente, sintiéndose aliviado, “canonizaba el milagro de la cura”.


PORTADA: Códice Mendoza











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