26/2/16

Tierra de cárteles, ventana equivocada


Laura Castellanos
La Jornada San Luis 26/02/2016

La misma semana que las autodefensas de Michoacán cumplieron tres años de su alzamiento, el 24 de febrero del 2013, el documental Tierra de cárteles, de Matthew Heineman, que registra parte de la historia de estos grupos, competirá en la terna de mejor documental en la edición 88 de los premios Óscar, a realizarse este domingo 28 de febrero.

El filme del cineasta que reside en Nueva York ya obtuvo dos reconocimientos en el Festival de Cine de Sundance: el de mejor director y mejor cinematografía.

Lo que primero llama la atención del documental es que Heineman entreteja dos fenómenos completamente distintos que acontecen en México y Estados Unidos: el de las autodefensas surgidas en Tierra Caliente, Michoacán, y el del Arizona Border Recon, un grupúsculo de hombres blancos que dicen combatir al crimen organizado fronterizo y al que se le acusa de ser racista y cazamigrantes.

El director ha dicho en entrevistas que su proyecto original estaba enfocado en Arizona, pero que estando allá supo del alzamiento en Michoacán y decidió integrarlo. Así eligió al líder de cada grupo como hilos conductores de la película: a José Manuel Mireles, cofundador de los guardias civiles en Tierra Caliente, y a Tim Foley, que se asume como “justiciero patriota” de Arizona.

Si bien el documental es una narración fílmica de gran factura en imagen y cuidado de edición, de manera forzada busca construir paralelismos entre los detonantes de los dos personajes, pues a su entender, ambos toman las armas ante el vacío del Estado en el combate a la delincuencia organizada.

No obstante, mientras Mireles encabezó un alzamiento popular contra el cártel de Los Caballeros Templarios que desgarró su región, Foley relata que él decidió mudarse voluntariamente al cruce fronterizo de Altar, Arizona, uno de los puntos de mayor flujo migratorio, para hacerla de “vigilante” contra los “ilegales” y “los cárteles”, con equipo militar de punta.

Lo que Foley no se pregunta, ni pareciera importarle, es que quizá alguno de los migrantes  desarmados y sedientos que arresta con actitud tirana (“Si alguno me toca, túmbenlo”, ordena a sus hombres), estará huyendo del crimen organizado que él se dice combatir.

En el caso de las autodefensas, Heineman hace un retrato parcial y descontextualizado de éstas. Se centra en las que actúan en Tierra Caliente, particularmente en las de los municipios de Tepalcatepec, Buenavista y Apatzingán, y en el avance que realizaron hacia municipios vecinos en parte del segundo semestre de 2014 y del primero de 2015.

Los grupos de Tierra Caliente, además de ser los pioneros, estuvieron financiados por agroempresarios pudientes. Sin embargo, en el momento en el que éstos tomaron Apatzingán, el bastión comercial del cártel por estar ahí las empacadoras y exportadoras del limón, se integraron ex templarios a los que llamaron “perdonados” o “arrepentidos”, que provocaron la descomposición del movimiento.

De igual forma también se sumaron en esa región personajes como Nicolás Sierra Santana, el Gordo Coruco, cabeza de Los Viagra, empresario aguacatero al que acusan de tener narcolaboratorios de metanfetaminas.

De hecho, la última escena es explícita y cruda: un autodefensa ya legalizado como elemento de la Fuerza Rural, procesa droga mientras asegura que todos los autodefensas son financiados por el narcotráfico.
Con dicha escena Heineman culmina su filme. Sin haberse preocupado por explicar al espectador que eso ha sucedido con esas autodefensas de Tierra Caliente, pero que la zona del levantamiento es mayor y con distintos orígenes y experiencias.

En Tierra de cárteles se ignora a los guardias civiles que conforman el bloque de los municipios de Coalcomán, Coahuayana, Chinicuila y Aquila, este último con presencia indígena, y que representan alrededor de un 35 por ciento del territorio de origen del levantamiento.

Estos hombres armados, ajenos al financiamiento de los agroempresarios de Tierra Caliente, y a la atención mediática que tuvieron los líderes de la zona limonera, son jornaleros y pequeños productores, y siguen resistiendo no sólo a los intentos del cártel de retomar sus plazas de nuevo sino a los embates de las fuerzas federales que los han usado como carne de cañón y los detienen o desarman a su antojo.

Y digo “siguen” porque al día de hoy actúan, pese a los anuncios estatales y federales de que los autodefensas desaparecieron por decreto.

Tras la detención de Mireles en La Mira, el 24 de junio de 2014, precisamente con 70 autodefensas de la costa, Cemeí Verdía, el comandante nahua de las autodefensas y policías comunitarios del bloque citado, es al momento el líder de mayor influencia. Estuvo cinco meses preso acusado de falsos delitos pero finalmente fue excarcelado.

Tierra de cárteles es en este momento la ventana más visible de esa realidad dentro y fuera de México. Y el que concluya con una generalización que criminaliza a todos los autodefensas, no abona en el proceso de liberación de 400 de ellos encarcelados, ni en la justicia ausente para los casos de desapariciones forzadas, de ejecuciones, secuestros, violaciones, desplazados y perseguidos, en esa tierra de cárteles.

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