25/11/17

Acosadores y violadores también entre los nuestros

Marcos Roitman Rosenmann
La Jornada 24/11/2017

Durante la Segunda Guerra Mundial ningún ejército quedó exento de abusos sexuales. Mujeres, niñas y niños fueron violados. Cuerpo arrasado, violentado, deshumanizado, demostración fáctica del poder sobre el enemigo. Tales prácticas se pueden rastrear hasta tiempos inmemoriales, pero en el siglo XXI la violación se considera un arma más de la guerra. En nuestra civilización occidental, culta pero hipócrita, se mantiene a costa de ser invisibilizada o negada. En el siglo XX, tras la guerra fría, la violación siguió siendo un método de lucha en manos de los ejércitos. Croatas, bosnios, serbios o estadunidenses en Afganistán, Irak o Guantánamo lo utilizaron. Igualmente, los honorables cascos azules de Naciones Unidas repiten las mismas prácticas. En Haití y el Congo, sin ir más lejos. Un Estado como Israel se jacta de las violaciones a mujeres palestinas a manos de sus soldados. Los mandos prefieren mirar hacia otro lado. Son cómplices, cuando no violadores. Durante las dictaduras cívico-militares en América Latina las violaciones superaron las expectativas. Incluían prácticas de zoofilia. En Chile, una mujer, oficial de carabineros y miembro de la Dina, Ingrid Olderock, fue la encargada de entrenar a los perros. Su historia ha sido relatada por Nancy Guzmán en el libro La mujer de los perros. La lista puede continuar. Sería extensa. Aunque siempre se justificó, eran impugnadas en los códigos militares y han sido escasos los procedimientos abiertos judicialmente por violación. Son pocos los ejércitos y movimientos de liberación nacional que actúan contra sus miembros en casos de abusos sexuales. En esta lista cabe mencionar al Movimiento 26 de Julio en Cuba o a los de liberación nacional en Centroamérica (URNG, FSLN, FMLN). Durante el conflicto armado no hubo contemplaciones. Dentro de las fuerzas populares, conocidos los casos, se actuó de inmediato.

Hoy salen a la luz acosadores y violadores en serie. Diplomáticos, políticos, directores de cine, deportistas, intelectuales, actores, militares. Todas, buenas personas, excelentes amigos, con una trayectoria profesional intachable y padres de familia responsables. Generales condecorados, ministros reputados y escritores de fama son salpicados por acusaciones de acoso, violencia de género o violación. Algunos incluso hablan de una nueva caza de brujas, como Woody Allen. Otros asumen la culpa o callan. Los casos se amontonan. Harvey Weinstein, Bill Cosby, Kevin Spacey. Sin olvidarnos de los ya conocidos de Roman Polansky y el pederasta Michael Jackson. ¿Cuántos más habrá? ¿Por qué ahora ven la luz? ¿Cuál ha sido el detonante? Se dice que ello responde a un mayor nivel de conciencia social, a una actitud firme de las víctimas por denunciar los hechos, la ruptura de la cadena del miedo y la repulsa social hacia los violadores. Lentamente las mujeres toman la decisión de no callar, a pesar del estigma que supone, en una sociedad machista, reconocer una violación o abusos sexuales. Parece que ha llegado el momento de hacer justicia. Tolerancia cero contra los abusos sexuales.

En América Latina el empalamiento y violación de Lucía Pérez en la ciudad de Mar del Plata, el 8 de octubre de 2016, fue un punto de inflexión. Supuso, por primera vez, una convocatoria multitudinaria, en todo el continente, contra la violencia de género y los feminicidios. Mujeres y hombres salieron a las calles para mostrar su rechazo. Mandatarios, dirigentes políticos, actores, dejaron constancia del repudio a la violencia de género. En México, carteles con lemas como Ni una menos, Somos el grito de las que ya no tienen voz acompañaron la manifestación. Sólo para 2014, según la Cepal, mil 678 mujeres fueron asesinadas por violencia de género.

Los casos que salen a la luz, de acosadores sexuales de guante blanco, protegidos por su estatus, eran conocidos, secretos a voces, una realidad consentida. Son buenos actores, mejores políticos, excelentes literatos, deportistas de élite y además son de los nuestros. Militan en nuestra organización, afines ideológicamente. Son colegas, amigos de infancia. En fin, se les puede tolerar, perdonar y callar sus gracias. Al fin y al cabo son minucias, y seguro que ellas algo aportaron. Argumentos pueriles, pero eficaces para acallar la conciencia.

No importa que en las aulas acosen a las estudiantes, las manoseen y asimilen a ganado. Quien lo hace es uno de los nuestros. Ocurre igual cuando se trata de condenar la corrupción. La nuestra es buena, la de los otros es la mala. Los violadores y acosadores están en el otro lado, nunca en el nuestro. Es un secreto a voces. Así nos va. Mejor mirar hacia otro lado. Incluso algunos les ríen sus felonías y no tienen problema en sentarse a una mesa, compartir café, participar en eventos académicos, aun a sabiendas de estar en presencia de auténticos depredadores sexuales. Pocos levantan la voz. Da igual el género. Mejor no desenmascararlo, ponerlo en evidencia, denunciarlo. Machos alfa, seductores natos, buenos amantes, ellos mismos se adjetivan. En no pocas ocasiones se vanaglorian públicamente. Si no tomamos conciencia, camparán a sus anchas, se sentirán protegidos y aceptados. No sienten rechazo. Al contrario, se creen inmunes, reconfortados, sabedores de estar entre los suyos o los nuestros. Si no se rompe este primer círculo de protección y complicidad será difícil actuar contra violadores y acosadores. No es posible mantener esta hipocresía y, de paso, condenar la violencia de género. Tal vez llegó la hora. Quien viola no puede ser nunca de los nuestros, salvo que seamos violadores y acosadores sexuales, a lo cual me niego.

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