26/2/13

Amparo Sánchez, la cantaora, saluda al Distrito Federal

En una pequeña gira que pasó por la Ciudad de México y Oaxaca, la cantante vino a presentar su más reciente trabajo, Alma de Cantaora, en el lugar más emblemático de la escena alternativa: El Alicia.

Texto: Brisa Araujo
Foto: Clayton Conn

Ciudad de México. Aquellos que conocen el Foro Alicia saben bien que el lugar está hecho para recibir a Amparo Sánchez. Los alebrijes en la entrada componiéndose con carteles de conciertos anteriores y palabras de orden rebeldes dieron la bienvenida a aquellos que esperaban ver a la cantante española el viernes 22 de febrero. Las puertas se abrieron al público cuando ya había una fila que doblaba la esquina. Jóvenes, no tan jóvenes, y hasta un niño – a quien su papá le consiguió un refresco -, empezaron la fiesta de Amparo antes de que ella llegara, con el rock de Rafael Catana, músico de la casa.

Ya entraba la madrugada, cuando los fumadores y comedores de hotdogs escuchamos desde la calle las primeras melodías de lo que sería un encuentro de mucha fuerza y dignidad rebelde. Subimos rápido para no perder un momento del concierto, en el que la cantante mezcló canciones de su nuevo trabajo, Alma de Cantaora, apenas lanzado el año pasado, con otras ya muy conocidas del público mexicano. Entre los grafitis de calaveras revolucionarias, los girasoles en el escenario y el manto con la imagen huichol del peyote, el mensaje de la intérprete fue de lo más atinado.

Tras el regreso de Oaxaca, dónde se presentó en dos ocasiones, un malestar le causaba a Amparo Sánchez dolor y rigidez en el cuello, cosa que nos contó al público cantando – al final. La improvisación es parte de la vida. El hecho de que estuviera allá, cantando su propia enfermedad, llenó el público de energía y dio otra connotación a los versos iniciales de la canción que da nombre a su disco:

Soy el poder dentro de mí 

Soy el amor del sol y la tierra

Soy gran espíritu y soy eterna

Mi vida esta llena de amor y alegría 

Las palabras de la abuela Margarita parecían ser para Amparo su canto particular, un mantra entonado a todos nosotros para que pudiéramos sentir y también emanar la fuerza de lo femenino, la conexión de los presentes con la tierra.

Entre las tonadas de reggae y de música balcánica, el concierto fue un creciente de baile y coro. Delante de nosotros, una chica con sus largos chinos bailaba sola y consigo misma, como si nadie más estuviera ahí y sólo ella pudiera disfrutar del ritmo, letras y música. El público mexicano demostró que estaba con Amparo, con un coro que fue esencial para que el concierto fuera completo. Amparo y su gente se fundieron y ella, feliz, regresó al escenario.

Este coro llegó a su máximo cuando Amparo anunció que cantaría algo que compuso después de un viaje que marcó su vida, cuando conoció México, Chiapas y a los zapatistas. Somos Viento seguro fue uno de los puntos altos del concierto, en recuerdo de la Marcha del Color de la Tierra, no había uno sólo que no cantara (o que, al menos, no sonriera), con los puños en alto y la convicción al máximo: no estamos de paso, no somos fracaso, sólo he venido a darte mi abrazo, ya mismo me voy. Siguiendo su apoyo a los zapatistas, la cantaora nos mostró, en Corazón de la Realidad, que la dignidad siempre ha estado ahí: 

Madre de los caracoles

del mar de nuestros sueños.

Cuidando la tierra, cuidando el pueblo,

cuidando de la realidad.

Corazón de la realidad. 

No podía faltar en un concierto de una mujer cantaora y luchadora el grito de ¡Zapata Vive!, seguido del aplauso que la despidió arrancándole la promesa de su próximo regreso.


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