6/3/13

Revalorar la influencia de los comanches en el norte de México, pide investigador

· Cuauhtémoc Velasco Ávila habla de su libro La frontera étnica en el noroeste mexicano
· No fueron salvajes, bárbaros ni los personajes atrasados y discriminados por las películas de Hollywood
· Estudiarlos a profundidad ayuda a explicar la violencia actual en la zona, dice

Del acervo del museo Smithsoniano, un par de fotografías tomadas entre 1867
y 1875 por William Stinson Soule: retrato del hijo del comanche Horse Back
y retrato de dos jóvenes indias
Caza del búfalo (1834-1835), óleo de George Catlin.
Imágenes incluidas en el libro publicado por el INAH
Mónica Mateos-Vega
La Jornada 05/03/2013

Los pueblos nómadas que habitaron el norte de México hace siglos no son un puñado de salvajes que no merecen ni un recuerdo, tampoco son los personajes atrasados y discriminados de las películas hollywoodenses.

Al contrario, son etnias que hay que estudiar a profundidad, pues su legado hoy nos ayudará a comprender no sólo la historia de la violencia fronteriza, sino las formas en las que es posible fraguar la paz entre grupos aparentemente irreconciliables.

Así lo explica Cuauhtémoc Velasco Ávila en su libro La frontera étnica en el noroeste mexicano: los comanches entre 1800-1841, trabajo que se suma a los estudios que en los años recientes destacan la importancia de los indios estadunidenses en la conformación social y política del noroeste mexicano.

En entrevista con La Jornada, el investigador, adscrito a la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), afirma que conocer la historia de los comanches no sólo nos aclara cómo se conforma el fenómeno de la violencia, sino que confirma que las mejores alternativas frente a ella siempre han sido intentar la paz.

Promotores de la violencia

Detalla que el exterminio y tratar de llegar a acuerdos son dos alternativas que desde hace siglos han estado presentes ante situaciones de guerra. En este estudio se narra con claridad que a finales del siglo XVIII se había conseguido una paz relativa en la frontera novohispana, con un notable progreso de las comunidades, la cual se rompió con la llegada de comerciantes estadunidenses.

“Ellos empezaron a promover la venta de armas entre los indios para que fueran a robar a las poblaciones mexicanas, y luego entregarles a los estadunidenses lo robado a cambio de más armas, ¿qué nos recuerda eso? Es decir, ya desde entonces existen promotores de la violencia, la cual no surgió solamente en relación con conflictos étnicos. Esos promotores de la violencia fueron militares, tanto estadunidenses como mexicanos, interesados en un manejo instrumental de la guerra con la finalidad de expandir su dominio.

Utilizaron la fuerza de los indios, la importancia que ellos daban a la guerra. Las batallas de comanches y apaches eran sólo para fijar hasta dónde llegaban sus territorios y cuáles eran sus recursos naturales, eran escaramuzas casi simbólicas, sólo para demostrar quién era más fuerte. Pero quienes los utilizaron propiciaron batallas más formales, y una vez que los indios cumplieron los propósitos de esos promotores de la violencia, fueron excluidos de sus propias tierras.

"Los comanches (en la actualidad viven en reservaciones en Oklahoma), son un gran ejemplo para hablar de estos aspectos, añade Velasco, porque siempre mantuvieron una gran cohesión interna, pero también por su disposición al cambio y su gran capacidad de adaptación. Cuando tuvieron acceso a los caballos que traían los españoles, se apropiaron de ellos de manera extraordinaria, bajaron de las montañas, se expandieron por las planicies y prácticamente construyeron una sociedad nueva a partir de ese animal. Lo mismo sucedió cuando fueron dotados de armas de fuego a finales del siglo XVIII.

En este libro se rescata una parte importante de esa “avalancha increíble de documentos que existen acerca del tema en archivos del país. ¿Por qué en la historiografía del norte mexicano los indios nómadas fueron un asunto secundario? Hay dos razones: si bien en Chihuahua se luchó contra ellos y persiste la idea de que se triunfó, en cambio, en Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas la guerra fue desastrosa para las poblaciones locales, no hay un recuerdo glorioso, ahí los apaches y comanches no fueron vencidos hasta que fueron relegados por los estadunidenses. Entonces, se trata de una historia dolorosa de recordar, no obstante que los militares de la zona se formaron precisamente en las batallas contra ellos.

“El sentimiento regional es que se trata de algo que no vale la pena recordar, por decir lo menos, pues hay historiadores que los menosprecian llamándolos bárbaros, incapaces de recibir los beneficios que traía la civilización europea. Otros dicen ‘pobres indios, lo único que hacían era reaccionar ante las atrocidades de los españoles’, finalmente ambas posiciones dejaron el tema relegado.”

Lección del jefe Satanta

En 1867, se narra en el libro, el jefe comanche Satanta rechazó ser conducido a una reservación con estas palabras: ustedes dicen que quieren ponernos en una reservación, construirnos casas y hacernos clínicas. No las quiero. Yo nací en la pradera, donde el viento soplaba libremente y donde no había nada que tapara la luz del sol. Nací donde no hay encierros y donde todo respiraba libre. Quiero morir ahí y no entre paredes. Conozco cada arroyo y cada bosque entre el río Grande y Arkansas. He cazado y vivido en ese país. He vivido ahí, como mis padres antes que yo y, como ellos, he vivido feliz.

Reposicionar la historia de los indios nómadas, concluye el investigador, es importante no sólo por la idea de diversidad que en la actualidad defendemos, sino para conocer el gran intercambio cultural que hubo entre los indios y las comunidades de la región, el cual es una herencia que permea hoy la vida de los pobladores norteños. 

La frontera étnica en el noroeste mexicano... será presentado el jueves 7 a las 19 horas en la Dirección de Estudios Históricos del INAH (Allende 172, esquina Juárez, centro de Tlalpan). Participarán Teresa Rojas, Leticia Reina, Gerardo Lara, Inés Herrera y el autor.

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